Quedó inaugurada una muestra de acuarelas en Vialidad Nacional

El viernes, quedó inaugurada la duodécima séptima muestra de la Sala de Exposiciones DNV07 del 7º Distrito Santa Fe de la Dirección Nacional de Vialidad. Bajo el título “Dos Miradas” quedaron expuestas las acuarelas de Gabriela Garrote y Roberto Magnín. Ante una nutrida concurrencia, y la presencia del Jefe del 7º Distrito, Ing. Rafael Pretto, los artistas fueron presentados por el curador y colaborador del espacio de arte, Maximiliano Maignien. A su turno, tanto Magnín como Garrote agradecieron a Vialidad Nacional por la posibilidad de exhibir sus trabajos. Cabe recordar que la Sala DNV07 funcionar en el hall del 7º Distrito, sito en 27 de Febrero y Salta, con acceso libre y gratuito, de 7 a 14.



Durante el acto se dio lectura a un escrito enviado desde España por Rodrigo Gutiérrez Viñuales. A continuación se preproduce la totalidad de la misiva de este docente e investigador español de la Universidad de Granada.



“Vivimos en una época en que la imagen más visible del arte, a nivel global, está dirigida por un mercado que ha hecho del exhibicionismo más acendrado uno de sus leit motiv. En muchos casos (no en todos, por supuesto y Dios nos libre), aquella “necesaria reflexión” que comandaba la actitud del artista al enfrentarse a su obra, fue cediendo más espacio a un “arte de la ocurrencia”, absolutamente banal, en el que se manifiesta, por parte de pseudoartistas devenidos -según su propia creencia, claro- en “originales”, el irrefrenable deseo de llamar la atención a cualquier precio.

Habitamos un mundo netamente visual, sugestivamente bombardeado desde todos los ángulos por cualquier tipo de imágenes; ¿de qué más pueden sorprenderse nuestros ojos cuando ya han visto repetidas hasta la saciedad las secuencias de la caída de las Torres Gemelas, y la televisión no deja de servirnos diariamente como plato todo tipo de calamidades? Estamos ante una realidad que amenaza con anestesiar definitivamente ciertos recovecos de la sensibilidad humana. En este marco de visualidad, muy difícil lo tienen quienes apuesten en el Arte -aunque no, paradójicamente, en su mercado- a una superficialidad basada en esos propósitos de asombro continuo a través de obras-objeto que remedan una y otra vez lo que hace ya casi un siglo planteó pioneramente Marcel Duchamp, postulados que desde hace tiempo se hallan casi por completo agotados, en su percepción y significado. Los excesos de extroversión terminaron por anular cualquier atisbo de “originalidad”, aunque la confusión persista en esa suerte de desesperado escape hacia una eterna vanguardización.

Como contrapartida a esas irritadas posturas epidérmicas, la idea de “originalidad” no es otra cosa que lo que su propia palabra indica: el “origen”. Ir hacia el fondo, a la intrahistoria, a la recuperación de los espacios de la intimidad. Al enfrentarnos a la propuesta estética compartida por Gabriela Garrote y Roberto Magnín, reconocemos en ella estos parámetros, esa búsqueda diferente y genuina que, cada uno de ellos desde su propia filosofía, guió la realización de estas acuarelas que hoy comparten con nosotros. En todas ellas la imagen final no es más que el producto de hondos contenidos, el resultado de un proceso de dentro hacia afuera, la expresión manual de la necesaria y deseada introspección, una evasión desde el paisaje escrutado con los ojos hacia los paisajes del alma.

Allá por los años 20, paseando por París, unos amigos de Pedro Figari, el eximio pintor uruguayo, le vieron de lejos a este, plantado con su caballete en medio de un puente sobre el Sena, concentrado en la pintura. Se acercaron sigilosamente para no alterarlo, y con la enorme curiosidad por ver algo que nunca habían visto: un paisaje parisino pintado por Figari. Cuando llegaron a él se quedaron boquiabiertos: Figari estaba pintando una escena rioplatense, que, evocada desde la nostalgia, le acercaba a sus propias raíces.

Valga la anécdota para aludir a aquella noción del “origen”, del retorno al paisaje interior de uno mismo, aunque los ojos estén frente a otro panorama. Roberto vincula ese estado emocional con la soledad y la introspección: pinta sus recuerdos algunas tardes y noches cuando se halla lejos de las cuestiones cotidianas. Otro tanto en el caso de Gabriela, quien descubriría en la acuarela un medio idóneo para calmar su ansiedad al poder crear y alcanzar rápidos resultados: “No pinto por necesidad sino por placer -nos cuenta-, y creo que mi fin último es retratar momentos felices de mi vida. Pinto cuando viajo, así sea por un par de días a las sierras cordobesas, a la costa uruguaya, a Europa o donde toque. En casa no, ya que son otras las tareas, también felicísimas, que me absorben. Al mirar mis acuarelas recuerdo el momento vivido cuando las pinté y me pone feliz el recuerdo, son como fotos de mi vida”.

Gabriela y Roberto, más allá de hacer de la acuarela su medio plástico de expresión, tienen muchas cosas en común, marcadas en buena medida por el origen, por lo que Santa Fe les ha dado y les sigue dando. La naturaleza, en general, y el río en particular, como rasgos marcados a fuego en sus existencias, son definitorios: les acompañan donde quiera que vayan. Y ambos son muy viajeros. Roberto nos dice que “Los viajes constituyen un registro que queda en la memoria visual; algunos escenarios aparecen después en algún trabajo, nunca linealmente, otros quedan en la memoria y aflorarán algún día”. Gabriela cuenta que “antes de viajar, así sea a pocos minutos de casa, si ya ando con la idea de pintar me armo mis papeles, pinceles y una buena caja de acuarelas, y voy armando y motivando ese momento que viviré: como si estuviese armando de antemano eso que será un buen recuerdo mañana....”.

Ambos persiguen, por diferentes sendas, la expresividad de la mancha de color, aplicándola al paisaje y a los objetos. Temáticamente, coinciden en su interés por la arquitectura, la vegetación y las marinas; éstas últimas nos hablan también de algunos de sus gustos particulares: de Roberto y su admiración por William Turner, anticipador del impresionismo, y de Gabriela por uno de los grandes en el género dentro del arte argentino, Justo M. Lynch. Y por supuesto a sus referentes más cercanos en espacio, como ella nos consigna, los grupos Litoral y Setúbal, que hace medio siglo fueron pioneros en ilustrar el paisaje santafesino, a través de la inspiración de maestros de la talla de José Planas Casas, César López Claro, Ricardo Supisiche, César Fernández Navarro, Leónidas Gambartes o Agustín Zapata Gollán, entre tantos otros.

Como continuadores cabales de dichas tradiciones, en ese necesario retorno al intimismo, a una concepción panteísta del paisaje, Gabriela Garrote y Roberto Magnín exhiben hoy estos retazos de su mundo, que no son otra cosa que fragmentos de su propia memoria, en definitiva, de su vida”.