No se precisan medallas para hacer historia

Los Juegos Olímpicos, además de magia y de universalidad, tienen muchas otras características. Y dentro de ellas probablemente la más destacable sea la masividad que le confiere a disciplinas que rara vez la ostentan. Disciplinas que seguramente tengan menor valor comercial, estén menos contaminadas de los vicios que aquejan a los deportes populares y mantengan una armonía entre pares mucho más elevada.

Una amplia gama de ellas se ubican dentro del atletismo, y si bien tienen sus propios eventos, como los mundiales por ejemplo, es poco común que acaparen la atención de aquellos que no aman, que no viven o que no se familiarizan con sus intérpretes.

Por ello encuentran un eco y un protagonismo único en las Olimpíadas. Consecuencia directa de esto, es que hallemos historias de vida muy particulares, desconocidas en algunos casos, y olvidadas en otros. Generalmente el tiempo que duran sus competencias es menor al de los deportes colectivos, y el error más común es creer que el sacrificio detrás de ese logro también es minúsculo. Nada más alejado de la realidad. Hay años de esfuerzo cotidiano, de enorme cantidad de horas diarias para lograr mejorar en segundos o centímetros el propio límite.

En estos parámetros se encuadra una aventura nacida entre el Río Salado y la Setubal, la aventura de Germán Chiaraviglio. Sería irrespetuoso caer en tecnicismos que son propiedad de quienes siguen a pie juntillas el devenir del salto con garrocha. No es mi caso, al igual que no es el caso de la mayoría de los santafesinos. Pero la mayoría sí recordamos la aparición intempestiva de este espigado atleta que se consagró Campeón Mundial Juvenil en China, hace una década, con sus jóvenes diecinueve años –ignorando muchos, como yo, que había logrado lo mismo tres años antes-. Y que logró el tercer puesto en el Mundial de Atletismo de aquel año.

Pero a partir de allí y hasta 2015 poco supimos de él. En Toronto cautivó con su renacer deportivo, ese que irrumpió en los medios masivos de comunicación de nuestro país con su Título Panamericano y su mejor marca histórica -5,75 metros-. Ese renacer deportivo que certificó con su clasificación a la final en el Mundial de Mayores en Beijing, logro inédito en la historia argenta de esta especialidad.

Esa línea reconquistada en 2015 lo ha llevado a encumbrarse hoy en Río, siendo parte de la final. Otro hecho inédito como el del año pasado en China. Pero hoy ya no tiene 19 años… hoy tiene 29. El mérito es aún mayor en un deporte, que a priori por su edad, lo debería encontrar en la etapa descendente, y ya no su esplendor. Estadística que destrozó, con las mismas armas que superó las amarguras y los desencantos del peor oponente que tienen los deportistas: las lesiones.

Los flashes, la atención y muchos afectos efímeros, de esos que abrazan en el triunfo y olvidan en la derrota se habrán alejado de Germán. Pero seguramente muchos otros, de esos que quieren al ser humano y no al personaje público han debido de acompañarlo sin exigencias. Seguramente la entrega cotidiana, el esfuerzo físico, la convicción mental y el sueño permanente del regreso a la cumbre lo han sostenido en una búsqueda silenciosa, llena de tesón, de dedicación y de amor.

Está claro que en semanas, quizá meses, el universo deportivo vuelva a enfocarse en las disciplinas que el comercio nos propone constantemente. Y quizá nada podamos hacer por evitarlo. Pero hoy, en este preciso instante, sería un desatino dejar de reconocer a este orgullo santafesino, a este exponente mundial de nuestra ciudad, que lleva los colores de la bandera que nos legó Estanislao López en su sangre y ha dejado una marca no solo en la historia del atletismo nacional, sino también en el corazón de los que amamos al deporte en todas sus manifestaciones y que tenemos el enorme placer de ser contemporáneos de Germán, más allá de que no cuelgue una medalla en su cuello.