Congoja en el velorio de las turistas francesas
Un colorido aguayo salteño arropó el cuerpo de Cassandre Bouvier. Así lo quiso su familia, como símbolo inequívoco de la devoción que la socióloga francesa profesaba por la cultura salteña. A Houria Moumni, en cambio, se la honró con el rito funerario de ablución, como indica la tradición del Corán.
Al aguayo lo compraron especialmente los padres de Cassandre en el centro de esta capital. Era una manta tejida de colores rojo, naranja, ocres y verdes, en las que se hilvanaban las típicas guardas y flores de motivos calchaquíes.
En el lobby del hotel, le encomendaron la tarea de colocárselo a Cassandre a Lorena Reami, la tanatóloga que junto con su par francés, Jean Monceau, acondicionó durante cuatro horas, anteayer, los cuerpos de las estudiantes francesas para que pudieran ser trasladados a París. Fue en la casa de sepelios Pieve, en el centro de esta ciudad.
Los féretros de las estudiantes no lograron viajar junto a sus familiares, que partieron ayer por la mañana. Los complejos trámites, certificados y sellados para la repatriación lo impidieron. Recién por la noche, acompañados por miembros del consulado general de Francia, partieron a las 20, en un vuelo de LAN hacia Buenos Aires.
Monceau es un tanatopractor de prestigio internacional. Acondicionó los cuerpos de Lady Di, Jacques Cousteau y Rudolf Nureyev. Y estaba dictando un curso de su especialidad en Jujuy, cuando ofreció sus servicios.
El objetivo fue sólo el de asegurar la conservación de los restos para un periplo extremadamente largo, con paradas y trámites obligados. Las familias agradecieron el gesto y la labor de Monceau, que demandó más de cuatro horas por lo arduo de esos procesos.
Ofrenda final
La sola entrega de esa prenda mortuoria, antes del rezo de plegarias junto a un padre católico en el hotel, adquirió la dimensión de una ofrenda ritual. "No había rastros de bronca en los rostros de sus padres y hermanos. Sólo mucho dolor, alivianado en parte con la entrega de ese telar", según contó Reami a La Nacion. "Cassandre era una enamorada de Salta, de sus símbolos, del folklore, de su arquitectura... y hablaba perfecto castellano. Ese conocimiento y amor por esta cultura fue muy enfatizado por sus padres", agregó.
Los ritos funerarios para Houria fueron mucho más complejos. Los encabezó su prima, ante la presencia de otras tres musulmanas salteñas, cubiertas por los velos de rigor. La purificación de esa alma, según dictan las enseñanzas de la Sunna, fue una ceremonia extremadamente movilizante: pura exorcización del dolor ante un cuerpo ultrajado de forma inefable.
Con esponjas embebidas en agua y alcanfor, las mujeres lavaron su cuerpo tres veces, mientras su prima entonaba los cánticos rituales de rigor.
Con manos temblorosas, la cubrieron con la primera mortaja blanca, mientras Reami, con delicadeza, inclinaba y manipulaba el cuerpo. Repitieron esa acción otras tres veces. Y, en la última, la carga simbólica de ese proceso de vestir un alma que está por partir conoció el paroxismo del dolor y la impotencia.
Por cuarenta minutos se extendió esa ceremonia, signada por un nerviosismo difícil de expresar con palabras, según graficó Reami. Y, aunque la tradición islámica impone no expresar el dolor en exceso, resultó difícil controlar la emoción. "Para las cinco personas que allí estuvimos fue inevitable no emocionarse, aun y a pesar de que la tradición ritual debía asegurarse. Y, para ello, estuvo su prima, ya que sus hermanos, esa noche, permanecieron en el hotel", reveló Reami.
Esos cuarenta minutos para el culto fueron el único tiempo en que las amigas se mantuvieron separadas. Volvieron a unirse culminado el rito. Y permanecieron juntas también en el primer tramo hacia su destino final..