Paramilitares y grupos neonazis ucranianos: ¿cómo inciden en la guerra?

Casi una docena de milicias identificadas vigentes desde 2014 se nutren de un antisemitismo rastreable a comienzos del siglo XX. Supremacistas, homofóbicos, etnocentristas, antirusos por excelencia, son más protagonistas bélicos que políticos.

Aunque “Batallón Azov” es el primer grupo armado neonazi del que suele hablarse en los medios, no es el único en Ucrania. Con el “Batallón Donbás” comparte haber sido incorporado a las fuerzas armadas regulares del país, a diferencia de “Pravy Sektor” (“Sector de la derecha”) que se estima más numeroso. Por su parte, el grupo paramilitar Aydar tampoco ha sido oficializado por el gobierno de Zelenski, pero Maxim Marchenko, su comandante, fue designado este 1° de marzo gobernador de Odessa por el presidente Zelenski.

La Misanthropic Division, el Dnipro-1, el Batallón Batkivshchyna, National Corps, la Unidad Tornado y otros grupos de choque, robustecen hoy la contraofensiva ucraniana y comparten la estética que expresa su ética: son antisemitas, homofóbicos, misóginos, supremacistas blancos, neonazis y, fundamentalmente, antirusos. Se nutren de una historia que, además, les aporta símbolos, metodología, lenguaje y estilo comunicacional en las redes sociales.

Todos ellos se articularon al fragor de los combates librados en 2014 entre el sector ucraniano pro-ruso, entonces al poder, y sus antagonistas: una vastísima multitud disconforme por distintos motivos. La circunstancia de dicho año tiene un nombre y detonante: Viktor Yanukovich, Presidente en ese momento, incumplió su promesa de campaña de firmar la incorporación ucraniana al bloque europeo. Esto desató el llamado “Euromaidán” (Maidan=plaza) que tuvo lugar el 21 de noviembre de 2013 cuando se congregaron muchedumbres en la plaza de Kiev contra el gobierno.

El brazo armado de los pacifistas

Aquella presencia masiva de reclamantes y la respuesta oficial fue el caldo de cultivo para dos tipos de violencia: la que desató la policía de Yanukovich contra los manifestantes -en su mayoría estudiantes, artistas, intelectuales, algunos católicos ortodoxos, nacionalistas convencidos pero pacíficos- y la de los nacientes grupos ultraviolentos de extrema derecha amparados en el nacionalismo.

Resultado de esos choques, Lugansk y Donetsk –regiones esteñas, históricamente prorusas– se autodeclararon independientes contra el gobierno central pro europeo de Kiev que, desde su flaqueza armamentística, optó por respaldarse en las guerrillas paramilitares dándoles algún grado de legitimidad y apoyo implícito o explícito.

El espaldarazo a paramilitares o combatientes ucranianos de ultraderecha por parte del presidente proeuropeo que reemplazó al derrocado Yanukovich, tanto como del actual Volodimir Zelenski fue, así, mera estrategia supervivencial para contrapesar el poder ruso y no adhesión a un ideario antisemita que ni Europa ni occidente consagran.

“La revolución de Ucrania ha engendrado un monstruo que se pondrá en su contra”, dijo Paul Moreira, documentalista francés y especialista en el tema, entrevistado por el mensuario español La Marea, en febrero de 2016, en referencia al neonazismo armado apenas a dos años de los incidentes. 

Nacionalismos y naZionalismos

El del Euromaidán era un nacionalismo atípico desde su propio nombre:  los manifestantes flameaban, además de banderas amarillas y azules, las de la Unión Europea y su círculo de estrellas, a las que Ucrania no pertenecía ni pertenece aún, pese a su denodada vocación de occidentalizarse todo lo posible. 



Hambrientas de europeísmo, multiracialidad, primermundismo, esas protestas parecían evocar algo de la primavera de Praga, aunque no con el respaldo de un gobierno local, sino con el de los países extranjeros.

Tras la chispa, la expansión explosiva: los ultranacionalistas armados recogieron las mismas banderas que los manifestantes de Kiev y con el tiempo fueron cobrando organización militar y experiencia de combate. Se foguearon guerreando contra los prorrusos hasta desembocar en la Guerra del Donbás en 2014 tras la cual Ucrania, como Estado, quedó debilitada.

Pero esos agitadores de pelo largo, esos varones y mujeres de risas cándidas, barricadas poco útiles y épica radiante, no se parecen en nada a las formaciones castrenses, íntegramente formada por varones del biotipo sajón, armados hasta los dientes, que se ven las fotos de los websites de “Pravy Sektor”, “Azov”, “Unidad Tornado” o “Batallón Batkivshchyna”.



Las convicciones que exalta el único documental disponible sobre el tema en Netflix Winter of fire nos muestra a unos cuasi-hippies románticos, rebelándose contra la policía, besándose, tocando polonesas al piano, pintando flores en sus cascos; niños, todos hermanados. Esos rostros frescos y progresistas son, de hecho, la antinomia esencial a las consignas del batallón Azov, glorificadoras de muerte y violencia: “Un axioma para todas las personas de buena voluntad es la afirmación de que nace una nación donde los niños con armas de fuego mueren en sus manos”. Eso postula textualmente la página oficial de esta unidad de combate. De libre acceso, pese a que el Departamento de Estado norteamericano calificó a Azov y a todas sus ramificaciones de “grupo de odio” y prohibió su difusión.

Los hippies de entonces y los neonazis de hoy están, paradojalmente, en el mismo bando. Comparten, es cierto, origen y enemigo. Aunque muchos se preguntan hoy cuánto podrá durar tan extraña alianza.

El huevo de la serpiente

El origen del antisemitismo en Ucrania tiene raíces de al menos un siglo. Gabriel Merino, doctor en Ciencias Sociales e investigador del Conicet, señala: “En lo formal, el antecedente político del nazismo en Ucrania es la constitución de su Partido Nacional Socialista en 1991, que en 2004 cambia de emblema y de nombre a Svoboda (en español “Libertad”) e intenta reducir su referencia fundacional a Stepan Bandera”.



Bandera, en efecto, fue uno de los primeros nacionalistas ucranianos de extrema derecha que en 1941 proclamo la independencia de su país y se unió al nazismo suponiendo que estos lo acompañarían en su lucha contra Rusia.

Los nazis recibieron a Bandera con los brazos abiertos y lo incentivaron para aniquilar a la mayor cantidad de población judía. Él, con ese respaldo, delato, asesinó e inició un Pogromo en la ciudad de Lviv que se llevó más de 4000 víctimas.

Cumplido el objetivo, los propios alemanes encarcelaron a Bandera, que devino problema cuando quiso ejercer su voluntad independentista. Sus seguidores siguieron, sin embargo, la matanza. Se calcula que los “banderistas” inspirados en los discursos de su líder masacraron a unas 100.000 personas, la mayoría judíos y polacos.

Alejandro Horowicz, doctor en ciencias sociales y docente de UBA consultado por Télam, se remonta a la formación de la URSS para explicar el fenómeno: “Los ucranianos no constituían, hacia 1917, una nacionalidad preexistente. Había, sí, una lengua, ciudades y tradiciones ucranias. En 1919, en el marco de la confrontación entre el ejército blanco y los bolcheviques, se empieza a constituir una diferenciación nacional que Lenin advierte y por eso les reconoce el derecho a la separación, a su propia lengua nacional, a producir documentos en ese idioma, es decir, plantea el fin de la política de rusificación”

“Stalin –continua Horowicz– que era ‘comisario de nacionalidades’ tiene en 1922 un conflicto puntual con los ucranianos, cuya manifestación anecdótica es un emblemático y sonoro cachetazo que su representante le pega al Secretario General del partido Comunista ucranio”.

Finalmente, la política estalinista no hizo más que empeorar la relación con los ucranianos, empobreciéndolos y privándolos de los derechos reconocidos antes por Lenin.  La respuesta ucrania a la política estalinista brota en la Segunda Guerra: cuando el ejército nazi invade la Unión Soviética y los nacionalistas de Stepan Bandera colaboran con el Tercer Reich.  Entonces Stalin, fiel a su estilo, ordena el asesinato de millones de ucranianos en sus campos de concentración.

Horowicz concluye: “Si a eso sumamos la tradición política casi inexistente de un pueblo fuertemente penetrado por la teología en general y las distintas versiones del cristianismo en particular, se explica en parte el comportamiento ucraniano ferozmente antiruso y antisemita a la vez. Pero conviene recordar también que los rusos fueron a su vez fuertemente antisemitas y que el antisemitismo es y ha sido una política de ese país”.

Batallones en red, modernizados

Un mapa sobre el conflicto en Ucrania revela a primera vista un conflicto evidentemente regional. El este quiere ser ruso y el oeste europeo: esa sería la simplificación más absoluta del problema. Pero hay definiciones contradictorias para lo regional, tanto como para “lo nacional”.

El idioma, la religión, la economía, las pasiones y rencores masivos de pueblos que han sufrido masacre y tortura también están en juego. Y esas son otras de las causas que mantienen vigentes a los paramilitares neonazis de 2014 a hoy.

La proliferación en su territorio de milicias nacionales, guerrillas, grupos paramilitares o directamente militares (tras ser blanqueados por el gobierno) explica una resistencia por parte de Ucrania algo mayor a lo esperado. Aunque apenas eso; la superioridad bélica rusa es obviamente abrumadora.
Pero cierto es también que estos grupos de extrema derecha se entrenan y crecen en combate, absorben, aprehenden táctica y estrategia desde hace casi una década y hoy nutren a la defensa ucraniana con respetable efectividad.

Parte de dicho “entrenamiento” es a la vez un prontuario que tiene nominados a los “batallones” en múltiples reclamos por Derechos Humanos y en particular desde dicha oficina de la propia Naciones Unidas (ACNUDH) que, junto con Amnistía Internacional, denunció a Dnipro-1, Aydar, Donbas y otros por crímenes de guerra, asesinatos masivos, violaciones, torturas y espantos varios.

Hay que decir que, por su parte, Rusia también puso en el tablero armas sucias en los enfrentamientos desatados en 2014. Existen denuncias de acciones por parte de grupos de mercenarios desde entonces instigados por el gobierno de Putin.

Fanatismo en línea

“El Batallón Azov se estableció el 5 de mayo de 2014 en Berdyansk como un servicio de patrulla policial especial del Ministerio del Interior sobre la base de una decisión del Ministerio del Interior de Ucrania” informa la página web de Azov.  El impacto visual del sitio evoca al cine de horror: Estandartes, insignias, coqueteos alegóricos y explícitos con el nazismo puro y extremo lo habitan en forma y fondo.

Azov apela sus héroes fundacionales, como Yevguen Konovalets entre otros “ángeles de la revolución que arrebataron a la patria de la boca del Leviatán bolchevique”.

El desdén hacia la política civil –rasgo compartido por estos grupos– es explícito; desprecian, dice Azov “escribir libros de ladrillos de varios volúmenes, hablar en mítines y reuniones del Consejo Central, y simular el desarrollo de un estado burgués bajo la fraseología marxista-liberal”.

También tiene su página disponible Pravya Sector desde donde Dmitry Yaroshal, su líder convoca a “formar grupos partisanos y de sabotaje, que en caso de ocupación operarán en territorio enemigo”.  No se quedan atrás  National Corps Aydar, Tornado y otros muy activos en la web con proclamas del mismo tenor.

La política de la oscilación

El neonazismo en Ucrania no es dominante ni gobierna. El partido político de extrema derecha Svoboda obtuvo en 2019 apenas el 2,5% de los sufragios.  No obstante, cuando en diciembre de 2021, la Asamblea General de la ONU adoptó, a propuesta de Rusia, una resolución contra la “glorificación del nazismo, el neonazismo y otras prácticas que promuevan el racismo, la xenofobia y la intolerancia” sólo dos países votaron en contra de la moción: Estados Unidos y Ucrania.

El investigador Merino agrega que “Post 2014, los neonazis avanzaron, tanto entre las fuerzas armadas, integrándose o no, como en términos políticos. Por ejemplo, Andriy Biletsky uno de sus principales referentes, fue diputado desde entonces; la Casa Cosaca, que es el edificio de reclutamiento de Azov fue cedido por el Ministerio de Defensa, entre otras medidas que revelan una cercanía entro los neonazis y el actual gobierno de Kiev”.

En definitiva, en nombre de lo nacional, cuyo valor esencial es la fraternidad, se han cometido, se vuelven a cometer en Ucrania crímenes colectivos organizados. En nombre de lo nacional emergen fuerzas de choque que pueden adquirir estructura y volumen militar inesperados. Ese el caso de los grupos armados nacionalistas neonazis ucranianos.

Así, en el contexto descripto, el hecho de que el presidente Zelenski sea judío resulta anecdótico, cuando su prioridad ese sostenerse en pie en tanto gobernante.

No sería de extrañar que estas fuerzas neonazis hoy empoderadas aspiren pronto a un mayor protagonismo, como dice el francés Moreira y se conviertan en un problema más para Zelenski y para la propia Europa que hoy les carga las armas.

Algunos de estos grupos se identifican con Stepan Bandera, uno de los primeros nacionalistas ucranianos responsable de al menos 4000 asesinatos de judíos en 1942..