Dormir poco, vivir peor: cómo el mal descanso afecta la salud
El neurólogo Claudio Aldaz, especialista en Medicina del Sueño, advirtió por LT10 que dormir poco o mal impacta de forma directa en la salud física, mental y cognitiva. Explicó, además, por qué el insomnio se volvió un problema cada vez más frecuente en la vida cotidiana.
Dormir bien dejó de ser una prioridad para una parte importante de la población. Datos del Ministerio de Salud de la Nación y de sociedades científicas indican que cerca del 21 % de las personas duerme menos de ocho horas por noche, mientras que entre el 38 % y el 39 % presenta insomnio o sueño interrumpido. A esto se suma un aumento sostenido de los trastornos del sueño detectado durante y después de la pandemia, especialmente en adolescentes y adultos.
Los especialistas coinciden en que no solo importa la cantidad de horas de descanso, sino también su calidad. Dormir mal afecta la atención, la memoria y el estado de ánimo; además, se asocia con un mayor riesgo cardiovascular, el debilitamiento del sistema inmunológico y trastornos de salud mental. En este contexto, el sueño aparece como un pilar tan importante como la alimentación o la actividad física.
Para el médico neurólogo Claudio Aldaz, «dormir bien es parte de nuestra salud, es como una adecuada nutrición; necesitamos cumplir con ciertas normas para que la salud no se quiebre». En ese sentido, sostuvo que los datos oficiales no sorprenden, ya que «esto viene de hace muchos años». Recordó que, históricamente, siempre se estableció que el buen dormir requiere ocho horas: «Un tercio de nuestra vida la pasábamos durmiendo», algo que hoy claramente no ocurre.
Según explicó, las causas del mal dormir son múltiples. Por un lado, hay personas que disponen del tiempo para descansar, pero no logran hacerlo. «Hay mucha gente que duerme seis horas, y no porque quiera, sino porque tiene una problemática de insomnio», señaló. Por otro lado, existe un grupo numeroso que recorta horas de descanso por elección o exigencias diarias: «Tiene que quitarle tiempo al sueño para dedicarlo a otras cosas».
Aldaz describió cómo el ritmo de vida urbano conspira contra el descanso: jornadas que empiezan muy temprano, regresos tardíos al hogar, cenas nocturnas y actividades que se extienden más allá de la medianoche. «¿Cuánto tiempo le dedicamos al sueño? Eso no significa que sea tiempo efectivo, porque uno puede ir a la cama y no dormirse inmediatamente», aclaró.
El especialista también introdujo el concepto de «deuda de sueño», una acumulación silenciosa que tiene consecuencias a largo plazo. «Si uno le quita al sueño una hora u hora y media por día, probablemente a lo largo de 20 años acumulemos una deuda de más de un millón de minutos, algo que después es imposible de recuperar», advirtió. En este punto, fue claro al desmitificar el descanso compensatorio: «El sueño se puede recuperar, sí, pero no en su totalidad. Siempre quedamos en deuda».
Respecto a las formas de insomnio, explicó que existen diferencias entre quienes no logran conciliar el sueño y quienes se despiertan durante la noche: «Son el déficit de conciliación y el déficit de mantenimiento del sueño». En los problemas para dormirse, indicó que lo que más influye son los trastornos de ansiedad, porque la persona «se lleva la ansiedad a la cama». En los despertares nocturnos, mencionó causas como el síndrome de piernas inquietas o movimientos involuntarios que fragmentan el descanso.
En cuanto a las recomendaciones, Aldaz destacó la importancia de la llamada «higiene del sueño». Entre los «diez mandamientos» enumeró: mantener horarios regulares, realizar cenas livianas, evitar pantallas antes de acostarse y cuidar el ambiente del dormitorio. También subrayó que la actividad física es beneficiosa «pero antes de la cena» y alertó sobre un hábito muy extendido: «Ir a la cama con el estómago lleno nos juega en contra».
Finalmente, insistió en no subestimar el insomnio persistente ni recurrir a la automedicación. «Todos tenemos la tendencia a querer resolver las cosas fácilmente y empezamos a consumir algún sedante que recomendó un familiar o un vecino», advirtió, y remarcó la necesidad de consultar con un profesional. Aunque reconoció que cambiar hábitos culturales no es sencillo, concluyó: «Ojalá que esta tendencia se revierta, pero estamos lejos».
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