¿Ir más rápido garantiza llegar antes? Qué dice la matemática

Un análisis físico-matemático demuestra que aumentar la velocidad reduce cada vez menos el tiempo de viaje, mientras que el riesgo de accidentes graves crece de forma exponencial. Los datos explican la importancia de respetar los límites para evitar víctimas.

Cuando un conductor se retrasa y pisa el acelerador, suele hacerlo con la convicción de que llegará mucho antes a su destino. Sin embargo, la matemática y la física cuentan otra historia: el tiempo que se gana al aumentar la velocidad es marginal, mientras que el peligro de sufrir un siniestro vial grave se dispara.

La idea puede resumirse en la conocida frase: "Visteme despacio que tengo prisa". Aplicada a la conducción, esta máxima cobra más sentido que nunca. Según distintos estudios difundidos por la BBC, acelerar no siempre ofrece el beneficio esperado y, en muchos casos, expone a conductores, peatones y ciclistas a riesgos innecesarios.

Las matemáticas de la velocidad

Un ejemplo simple ayuda a entenderlo. En un recorrido de 10 kilómetros, pasar de 10 a 20 km/h reduce el tiempo de viaje en 30 minutos. Pero subir de 20 a 30 km/h ahorra solo 10 minutos, y de 30 a 40 km/h, apenas 5. Aunque el aumento de velocidad es constante, el beneficio en tiempo se reduce progresivamente.

Ese patrón se repite en trayectos más largos. En un viaje de 100 kilómetros, aumentar de 70 a 80 km/h permite ahorrar unos 11 minutos. En cambio, subir de 100 a 110 km/h recorta apenas 5 minutos adicionales. En la práctica, ese margen suele ser aún menor debido a factores cotidianos como semáforos, el estado del tránsito, el clima o las condiciones de las rutas.

Cuando el riesgo crece más rápido que el ahorro

Mientras el tiempo ganado se reduce, el riesgo crece a un ritmo mucho más acelerado. A mayor velocidad, el conductor tiene menos tiempo de reacción y el vehículo necesita más distancia para detenerse.

Datos de organismos de transporte indican que a 40 km/h un auto puede frenar tras recorrer unos 26 metros desde que el conductor detecta un peligro. A 80 km/h, esa distancia supera los 100 metros, y a 110 km/h se extiende todavía más, lo que reduce al mínimo las posibilidades de evitar un impacto.

Energía y consecuencias

La gravedad de un choque no depende solo de la rapidez con la que circula el vehículo, sino de la energía con la que impacta. Desde la física, la explicación es clara: duplicar la velocidad implica cuadruplicar la energía que se libera en una colisión.

Esa energía es la que debe absorber el cuerpo humano en un atropello o un choque, lo que explica por qué los daños aumentan de forma tan brusca con apenas unos kilómetros por hora de diferencia.

Las cifras del peligro real Los números reflejan esta realidad con contundencia. Un estudio de 2019 que analizó múltiples investigaciones concluyó que cada 1 km/h adicional incrementa alrededor de un 11 % el riesgo de muerte de un peatón atropellado.

La probabilidad de que un impacto sea fatal ronda el 5 % a 30 km/h, supera el 50 % cerca de los 60 km/h y alcanza valores cercanos al 90 % a los 80 km/h.

La importancia de prevenir

Esta relación directa entre velocidad, energía y daño explica por qué los límites bajos en zonas urbanas reducen de manera significativa las muertes y las lesiones graves.

En términos prácticos, los especialistas coinciden en una recomendación: antes de acelerar, conviene preguntarse si realmente vale la pena asumir un riesgo exponencialmente mayor para ganar apenas cinco o diez minutos. Muchas veces, llegar un poco más tarde es la opción más segura y la única que garantiza el arribo.