Kilibarda: “La dictadura dejó lecciones que no supimos aprender”
El exconvencional constituyente Danilo Kilibarda repasó su detención en 1976 y advirtió que el país repite errores del pasado. En diálogo con LT10, cuestionó prácticas políticas y económicas actuales y alertó sobre la falta de aprendizaje histórico.
A medio siglo del último golpe de Estado en Argentina, las voces que atravesaron ese período vuelven a tomar centralidad para pensar el presente. Danilo Kilibarda, exconvencional constituyente y exlegislador provincial, habló por LT10 y recordó todo lo que vivió aquellos días en primera persona.
“Mirando para atrás parece que estuviéramos otra vez en el mismo lugar, que en estos 50 años no hubiéramos avanzado mucho”, plantea, y agrega que tampoco se logró “aprender aquella lección tan fuerte que vivimos”.
El recuerdo del 24 de marzo de 1976 aparece con nitidez. Esa mañana, según relata, llegó temprano a su estudio jurídico mientras ya circulaban versiones en la radio sobre lo que ocurría. “No era una novedad porque era una noticia que se veía venir; estaba en el ambiente”, reconstruye. Sin embargo, lo que siguió superó cualquier previsión: “Jamás imaginé que este nuevo golpe militar sería un golpe genocida como lo fue”.
En ese contexto, relata cómo comenzaron las señales de alerta. Vecinos, dirigentes y colegas se acercaban buscando consejo ante allanamientos o posibles detenciones. Él mismo no logró anticipar lo que le ocurriría horas después: “No supe aconsejarme a mí mismo porque el primer legislador provincial detenido fui yo”.
El camino a Coronda
Su detención marcó el inicio de un recorrido por distintos espacios de reclusión, primero en la Guardia de Infantería Reforzada de Santa Fe y luego en la cárcel de Coronda. El traslado quedó grabado en su memoria: “Nos hicieron subir al ómnibus, agachar la cabeza, mirar al piso para que no viéramos por dónde transitábamos”. En ese trayecto, recuerda una frase que sintetizaba el miedo de la época: “Cuando pasamos frente al aeropuerto me dijo: ‘Flaco, zafamos’; tenía miedo de que nos metieran en un avión”.
Durante su cautiverio, Kilibarda convivió con dirigentes políticos, gremiales, intelectuales y religiosos. Entre ellos menciona casos de extrema violencia, como el de un sacerdote que “llegó molido a palos, sin un hueso sano”, o el del exintendente Campagnolo, sometido a un “atroz sufrimiento”. En contraste, destaca gestos de humanidad como el del entonces arzobispo de Santa Fe, Vicente Zazpe, quien “tenía la gentileza de llamar casi diariamente a mi familia para ofrecerle su aliento”.
Reflexión sobre el presente
Al analizar el contexto previo al golpe, reconoce que “la violencia ya estaba en el ambiente” y que el cierre de los canales democráticos derivó en enfrentamientos armados. Sin embargo, traza un límite claro: “El Estado, que es el dueño de la seguridad pública, no tenía que haber utilizado nunca los métodos que utilizó”.
El eje de su reflexión se proyecta hacia el presente. Para Kilibarda, muchas de las lógicas que derivaron en aquel quiebre institucional siguen vigentes, especialmente en el plano económico. “Otra vez el libre comercio, otra vez el genocidio a las industrias nacionales”, advierte, y sostiene que “sin industria no hay nación”, retomando conceptos que marcaron su formación política.
En ese sentido, considera que los cambios han sido más superficiales que estructurales: “Cambiamos los ministros, pero no las prácticas”. Incluso establece paralelismos directos entre el modelo económico de la dictadura y el actual, al señalar que hoy se vive “sufriendo” esas políticas.
Sobre la historia de las interrupciones democráticas en Argentina, Kilibarda recorre una línea que se inicia en 1930 y que, según su mirada, consolidó la injerencia militar en la política. “Uriburu convirtió al Ejército en un partido político que se arrogó el derecho de poner y sacar gobernantes”, afirma, en un repaso que contextualiza el quiebre de 1976 como parte de un proceso más amplio.
Sin embargo, insiste en que ese último golpe tuvo una dimensión distinta: “Esto fue inaudito, nadie creo que se pudo imaginar tanta violencia”. Incluso recuerda testimonios tempranos sobre prácticas que luego serían comprobadas, como los "vuelos de la muerte": relatos que en ese momento “parecían una locura” pero que con el tiempo se confirmaron.
A 50 años, su mirada combina memoria, crítica y preocupación. “Tenemos que dejar de hacer payasadas y alguna vez dedicarnos a trabajar en serio”, lanza hacia la dirigencia actual, en una definición que sintetiza su diagnóstico.
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