Grandinetti: “El hecho teatral se arma con el espectador”
A 50 años de sus comienzos en Rosario, el actor vuelve a la región con El escritor de todas las cosas. En diálogo con LT10, habló de su oficio, recordó una anécdota de Esperando la carroza y cuestionó el impacto de las políticas actuales sobre la industria audiovisual.
Hay actores que construyen una carrera a fuerza de personajes memorables y otros que, con el paso del tiempo, terminan convirtiéndose también en una forma de mirar el oficio. Darío Grandinetti pertenece a esa segunda categoría. A 50 años de sus comienzos en Rosario, regresa a la región con un unipersonal que pone en escena algunas de las preguntas que atraviesan su propia profesión: qué hacemos con el tiempo, qué efecto tiene nuestro trabajo en los demás y cuánto sentido tiene aquello que elegimos hacer.
En diálogo con LT10, antes de la presentación de este sábado en el teatro Luz y Fuerza de Santa Fe, Grandinetti habló desde ese lugar: entre el actor que conoce los mecanismos del escenario y el artista que todavía se permite dudar. Para él, el teatro no termina cuando el actor sale a escena: “En el caso del teatro debo decir que además el hecho teatral se arma con el espectador. Entonces, el espectáculo lo hacemos juntos”.
La frase no es solamente una definición sobre el teatro. También explica buena parte de su manera de entender el trabajo. Grandinetti contó que ya realizó dos ensayos generales con público y que ninguna de esas funciones fue igual a la otra. “No solo porque yo no estaba igual. También los espectadores eran otros”, señaló.
Esa interacción, explicó, puede sentirse desde el escenario. “Uno desde arriba también recibe cierta energía, percibe cierta atención cuando te la prestan y cuando te la quitan también lo sentís”, relató. Por eso, para el actor, un espectáculo no existe completamente sin alguien del otro lado: “Yo solo haciendo este espectáculo frente a nadie no es un hecho teatral. Soy yo solo haciéndome no sé qué. Ahora, si basta que haya un espectador, ya si hay un espectador, bueno, el hecho teatral se produce”.
Películas que quedan en la memoria
Entre los recuerdos que el público suele asociar con Grandinetti aparece inevitablemente Esperando la carroza. La película volvió a surgir durante la entrevista a partir de una anécdota aparentemente menor, pero que terminó dejando una de esas pequeñas historias que sobreviven a los filmes.
Grandinetti es hincha de River, pero su personaje terminó llevando una camiseta de Boca. La elección no fue casual. “En realidad la que me lo sugirió fue Betiana Blum”, contó. Según recordó, durante una reunión con Alejandro Doria y Betiana Blum preguntó qué podía ponerse para el personaje. Doria le respondió que eligiera la camiseta que quisiera y entonces Grandinetti contó de qué club era. La respuesta de Blum fue inmediata: “Ponétela de Boca entonces”.
El recorrido por su carrera tambien pasó por "No te mueras sin decirme donde vas" y el recuerdo sobre una de las escenas más emotivas de la película. Consultado sobre el efecto que todavía le produce aquella escena final, Grandinetti reconoció que hay algo allí que trasciende la ficción: “Yo creo que hay algo de realidad en eso, ¿entendés? A veces es como que querés creer que realmente eso puede llegar a pasar”.
Y frente a la pregunta que durante décadas acompañó a esa historia —qué ocurre después—, el actor tiene una respuesta sencilla: “Yo no me lo pregunto porque no quiero que llegue el después, así que ni siquiera me lo pregunto”.
El valor de hacer arte
Esa relación entre ficción y realidad también aparece en El escritor de todas las cosas, el unipersonal escrito y dirigido por Javier Daulte que Grandinetti presenta este sábado en Santa Fe.
Su personaje es un escritor que puede vivir de escribir, pero no necesariamente de aquello que considera su verdadera vocación artística. Redacta textos para publicidades, carteles, etiquetas y distintas piezas que forman parte de la vida cotidiana, mientras intenta avanzar con obras que tienen otras pretensiones.
La historia lo encuentra esperando en un teatro, mientras repasa su vida, sus decisiones, sus fracasos y sus cuentas pendientes. En ese recorrido aparece una pregunta que excede al personaje: si aquello que hacemos tiene alguna utilidad y qué efecto produce sobre quienes lo reciben.
Grandinetti la llevó también a su propia experiencia como artista. Para él, esa pregunta atraviesa a cualquiera que trabaje para un público: “A un músico le pasa, qué sé yo, a un cineasta, a un pintor, a un escritor; cualquiera que ofrece su trabajo sabe que va a impactar de alguna manera”.
Sin embargo, se resiste a convertir esa responsabilidad en una obligación artística. “Yo prefiero no tomar más responsabilidades que la de hacer bien mi trabajo arriba del escenario”, afirmó.
El motivo tiene que ver con la libertad de recepción de una obra. El espectador puede encontrar algo que el artista nunca imaginó, o no encontrar nada en aquello que el creador consideraba esencial. “Yo no puedo proponérmelo de antemano porque si no tendría que estar buscando temas que yo creo que van a servir y a lo mejor lo que yo creo no sirve”, explicó.
Una mirada crítica sobre la política cultural
Esa reflexión sobre el valor del trabajo artístico adquiere otra dimensión cuando Grandinetti habla del presente de la cultura argentina. Lo hace con la misma frontalidad con la que suele abordar su oficio y sin limitar el problema al universo de los actores.
“Con mucha tristeza”, respondió cuando le preguntaron cómo observa el momento que atraviesan los trabajadores de la cultura. Y enseguida amplió la mirada: “En realidad el cine es otra industria, otra de las tantas que ataca este modelo de gobierno”.
Para Grandinetti, una de las discusiones centrales pasa por entender que detrás de una película existe una enorme cantidad de trabajadores. Enumeró directores, escenógrafos, electricistas, técnicos de sonido, cámara e iluminación, vestuario, peluquería, catering y trabajadores de la pre y posproducción.
También cuestionó una idea que, según sostuvo, se instaló en parte de la sociedad: que el financiamiento del cine implica quitar recursos destinados a otras áreas. “Otra cosa que a mí me molesta es que han instalado de manera tal que mucha gente cree que el dinero del cine sale del presupuesto nacional”, afirmó.
En ese sentido, defendió el rol del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA) y explicó que su financiamiento proviene de la propia actividad cinematográfica. “El rol del INCAA es ayudar a aquellos que no pueden, financiándoles con el dinero de las entradas del cine”, sostuvo.
Su defensa alcanza también al teatro, una actividad que considera mayormente privada. “Esto que estoy haciendo yo ahora es privado. Si no viene la gente, el Estado no me da un peso a mí”, explicó. Y resumió su posición con una frase que también funciona como declaración de principios sobre el trabajo artístico: “Nosotros invertimos”.
Volver a casa
La función de este sábado tiene además una carga personal para Grandinetti. Nacido en Rosario, comenzó allí su carrera a los 17 años con Tartufo, de Molière. Ahora vuelve a la región en el marco de una gira que continuará por distintas ciudades del país.
Grandinetti se mostró especialmente entusiasmado con el recorrido. “Me encanta, me encanta. Me encanta recorrer el país, además”, dijo, antes de enumerar parte de las próximas escalas, entre ellas Cañada de Gómez, Venado Tuerto, Paraná, Mendoza, San Juan, Tucumán, Salta, Jujuy, Mar del Plata y La Plata.
En Santa Fe se presentará este sábado a las 21 en el teatro Luz y Fuerza, con El escritor de todas las cosas, el unipersonal de Javier Daulte. Será, además, una función marcada por la cercanía con el público, una característica que el propio actor destacó del espacio.
“Está muy cerquita”, dijo sobre la relación que permite el teatro con los espectadores. Después de cinco décadas de carrera, Grandinetti vuelve a ese lugar donde todo empezó: un escenario, un público y una historia que todavía está por escribirse.
Audio: Escuchá la entrevista con Darío Grandinetti
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