Sociedad - un problema histórico

Martes 09 de Junio de 2026 - 11:49 hs

De los "zorros" de 1929 a la ley actual: un siglo de tensión por los "trapitos"

Mientras la Legislatura santafesina avanza hoy en la elaboración de una norma para regular la actividad de los cuidacoches, la historia revela que este conflicto no es nuevo: hace exactamente cien años, el estallido de la cultura del automóvil en Argentina dio origen a una disputa por el espacio público que aún hoy parece no tener una solución definitiva.

Actualizado: Martes 09 de Junio de 2026 - 19:13 hs

En la década de 1920, el auto dejó de ser un lujo de élite para masificarse, desbordando calles que estaban diseñadas para peatones y tranvías. En ese contexto de "años locos" (como los denominó el historiador Daniel Balmaceda), nacieron los primeros antecedentes de los actuales "trapitos" en zonas de esparcimiento como la Costanera Sur y los teatros de la ciudad de Buenos Aires. En aquel entonces, la actividad estaba ligada a la marginalidad social, la inmigración de posguerra y, fundamentalmente, al trabajo infantil: muchísimos cuidadores eran niños en situación de calle o "canillitas". La situación también tenía su correspondencia en la ciudad de Santa Fe, aunque con la escala de un entorno urbano más chico y con otras cacterísticas.

El primer intento de "blanqueo" (1926)

Ante las quejas de los propietarios de autos —nucleados en el Automóvil Club Argentino (ACA)—, el Estado porteño intentó regular la actividad. El 10 de diciembre de 1926, se dictó un decreto que creó el primer registro de "cuidadores autorizados".

Esta norma pionera tenía tres ejes que resuenan en los debates actuales:

  • Prioridad social: Se otorgaban permisos a veteranos, personas con discapacidad y ancianos.
  • Identificación obligatoria: Debían portar una chapa metálica con su número de legajo y, en ocasiones, uniforme.
  • Gratuidad y "a voluntad": El pago debía ser estrictamente posterior al servicio y el monto quedaba a voluntad del conductor. Estaba prohibido fijar tarifas o exigir pagos adelantados.

Sin embargo, la regulación colapsó pronto debido al mercado negro de chapas y a la extorsión de "patotas" que echaban a los cuidadores oficiales de las cuadras más rentables.

La "Guerra de las Chapas" (Oficiales vs. Clandestinos)

El decreto municipal de Buenos Aires buscaba que solo las personas con la chapa oficial otorgada por la Dirección de Tránsito ejercieran la actividad. Sin embargo, la realidad de la calle impuso el mercado negro:

  • El alquiler de chapas: Cuidadores ancianos o con discapacidad que habían obtenido su permiso legal descubrieron que el asedio de la noche céntrica era demasiado violento o desgastante para ellos. Las crónicas policiales registran denuncias de cómo estos permisionarios les "alquilaban" su chapa por el día o por la noche a jóvenes "pesados" o barras de barrio a cambio de una parte de las ganancias.
  • Las patotas de Corrientes: Cuando un cuidador oficial, anciano o lisiado, intentaba plantarse de noche en la zona de los teatros tradicionales (como el Ópera o el Politeama), grupos de jóvenes informales los echaban a los empujones. Los diarios narraban con indignación cómo la policía hacía la vista gorda mientras estos "clandestinos" se adueñaban de las cuadras más rentables a base de prepotencia.

La trampa del "Servicio Adicional" para evadir la propina "a voluntad"

Como la normativa prohibía taxativamente exigir un pago previo o fijar una tarifa por el solo hecho de estacionar, los cuidadores informales aguzaron el ingenio para volver el pago obligatorio mediante la oferta de supuestos "servicios extras":

  • El balde de agua y el trapo: Apenas el conductor se bajaba para ir al teatro o a cenar, el cuidador tiraba un baldazo de agua sobre el capó o las ruedas y se ponía a refregar. Al regresar el dueño, el argumento ya no era "me tiene que pagar por cuidar el auto", sino "le lavé el coche, jefe, son tantos centavos". Negarse a pagar un trabajo "efectivamente realizado" generaba discusiones feroces a los gritos en plena vereda.
  • El tapado con lonas: En las tardes de verano de la Costanera Sur, el sol porteño arruinaba los tapizados y el brillo de la pintura. Los trapitos avivados conseguían lonas viejas o bolsas de arpillera húmedas y tapaban los parabrisas y capós sin autorización del dueño. Al volver la familia del paseo, el cuidador exigía la moneda por haber "protegido la máquina".

El asedio de los "Pibes" en la noche de Buenos Aires

El debate más amargo de las crónicas periodísticas de fines de los años 20 giraba en torno a la minoridad. Los diarios de izquierda y los cronistas más sensibles denunciaban el fracaso del control municipal ante el drama social de la infancia:

Las crónicas describían escenas donde hordas de chicos de 10 a 14 años rodeaban los autos de lujo que estacionaban cerca de la Avenida de Mayo. Con una mezcla de picardía y súplica, le abrían la puerta a las señoras con pieles o se ofrecían a cuidar los faros de bronce.

Si el conductor los ignoraba o los apartaba con desdén, la crónica nocturna a menudo terminaba con el automovilista regresando a su coche y descubriendo un rayón profundo hecho con un clavo en la pintura, o la capota de cuero tajeada. La prensa debatía si estos chicos eran "delincuentes en potencia" a los que la policía debía encerrar en las leoneras o víctimas de un sistema excluyente que los empujaba al rebusque violento.

La rebelión de los conductores y el uso del "Garrote"

Cansados de lo que consideraban una extorsión, muchos automovilistas decidieron pasar a la acción directa, amparados por el discurso del Automóvil Club Argentino, que repetía que la calle era gratis.

Aparecieron crónicas donde se relataban peleas cuerpo a cuerpo. No era raro que los médicos, abogados o empresarios que salían del teatro armados con bastones de puño de plata o directamente con revólveres en la guantera (una costumbre arraigada en ciertos sectores de la época) bajaran dispuestos a enfrentar a los cuidadores si notaban una mirada intimidante.

La "Revolución del Tránsito" en Santa Fe (1929)

En la capital santafesina, el proceso fue similar. En los años 20, los coches importados de la "vecindad distinguida" comenzaron a convivir con carruajes en un tránsito caótico. Los diarios de la época, como El Litoral y El Orden, hablaban de "intrusos de la calzada" o de la "plaga de los gurises", niños que limpiaban los parabrisas llenos de polvo a cambio de monedas.

El punto de quiebre ocurrió el 1 de octubre de 1929, con lo que la prensa llamó una verdadera "revolución del tráfico". A través de una ordenanza municipal, Santa Fe tomó medidas drásticas:

  • Mano única: Calles clave como San Jerónimo, 1 de Mayo, 25 de Mayo y 9 de Julio dejaron de ser doble mano para ordenar el flujo.
  • Aparición de los "Zorros": Debutaron los primeros inspectores de tránsito vestidos de negro, quienes con sus silbatos desplazaron a los cuidadores informales del microcentro al imponer una presencia estatal permanente.
  • Control del estacionamiento: Se fijaron lugares y horarios estrictos para estacionar y cargar mercadería, quitándole sustento al "cuidado preventivo" que ofrecían los buscavidas.

La fecha cúspide en las crónicas viales de la ciudad es el miércoles 2 de octubre de 1929. El día anterior había entrado en vigencia la gran reforma de tránsito de la ciudad. El diario El Orden tituló en su portada: "Ante la mirada atónita del público ayer se estableció el nuevo sistema de tráfico".

La crónica de esa jornada relataba las escenas de "incertidumbre y bocinazos" que se vivieron en esquinas neurálgicas como la del Café Tokio o frente al Teatro Municipal. Al imponerse la mano única en calles clave como San Jerónimo, 1 de Mayo, 25 de Mayo y 9 de Julio, y al aparecer los inspectores de tránsito vestidos de negro dirigiendo las esquinas con silbatos, los cuidadores informales perdieron el control de sus "paradas".

La prensa destacó en los días subsiguientes que el centro se había "higienizado" y que los conductores ya no debían tolerar el asedio de los limpiadores ambulantes de parabrisas, celebrando la rigidez del nuevo esquema municipal.

Una constante histórica en la ciudad

Las crónicas demuestran que el debate santafesino siempre osciló entre dos posturas: el ordenamiento del tránsito y el control de la marginalidad social.

Es un hilo histórico directo: lo que en abril de 1929 comenzó como un intento de regular dónde se estacionaba para desplazar a los "intrusos de la calzada", tuvo réplicas décadas más tarde (como los estrictos reglamentos de uniformes y libretas sanitarias en la Terminal de Ómnibus bajo el decreto de junio de 1978), y continuó su metamorfosis hasta llegar a los debates legislativos contemporáneos del Concejo Municipal de Santa Fe respecto a la prohibición definitiva de la actividad.

Un dilema centenario

Pese a estos intentos históricos, el fenómeno nunca se erradicó. Según los registros, el sistema falló por el crecimiento imparable del parque automotor, la marginalidad persistente derivada de crisis económicas y la retirada del Estado en el control permanente de la calle.

Hoy, un siglo después, la Legislatura de Santa Fe vuelve a enfrentar el mismo dilema que los intendentes de 1920: cómo equilibrar el derecho al uso libre del espacio público con la realidad de subsistencia de los sectores más vulnerables de la sociedad.

Fuente: LT10

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