El mercado de la yerba mate atraviesa un proceso de cambios con señales contrapuestas: mientras crecen el consumo interno y las exportaciones, se profundizan las tensiones en la rentabilidad de los productores, en un contexto marcado por la desregulación del sector.
En el último año, el consumo interno aumentó un 3,1 % y alcanzó los 266,7 millones de kilos, mientras que las exportaciones crecieron un 7,3 %, con un récord de 57,9 millones de kilos enviados al exterior. Este escenario se da en paralelo a un cambio de las reglas de juego, donde la eliminación de la fijación de precios trasladó la negociación directamente al mercado.
Desde el Instituto Nacional de la Yerba Mate (INYM), la lectura es positiva y apunta a un sistema más competitivo. Su presidente, Rodrigo Martín Correa, sostiene que “la yerba mate es un producto cultural y de primera necesidad” y que la mayor competencia “se traduce en más calidad y mejores precios para el consumidor”. En esa línea, remarca que “se dejó atrás un sistema de precios artificiales para avanzar hacia una asignación más eficiente de los recursos”.
El impacto más visible de este nuevo esquema se observa en góndola: entre diciembre de 2023 y enero de 2026, el precio de la yerba cayó un 45,7 % en términos reales. Esto implicó una baja cercana a los $2.900 por kilo y un ahorro significativo para los consumidores, en un contexto de fuerte presión sobre el poder adquisitivo.
Al mismo tiempo, el frente externo aparece como uno de los puntos más dinámicos. Las exportaciones generaron u$s 117 millones en 2025 y el producto argentino ya llega a más de 50 mercados, con una fuerte presencia en Medio Oriente, Estados Unidos y Europa. “El mundo demanda alimentos saludables y la yerba mate tiene un potencial enorme como bebida funcional”, afirmó Correa al destacar las oportunidades de expansión.
Sin embargo, ese crecimiento no se distribuye de manera uniforme en toda la cadena. Desde la Confederación Intercooperativa Agropecuaria (Coninagro) advierten que la actividad se encuentra en "zona crítica" en términos de negocio. El precio de la hoja verde ronda los $220.000 por tonelada y registra una caída real cercana al 27 %, muy por debajo de la evolución de los costos.
Además, la participación del productor en el precio final se redujo de manera significativa: pasó de un promedio histórico del 23 % a apenas el 13 %, lo que refleja una pérdida de alrededor de 10 puntos dentro de la cadena de valor.
Este desfasaje marca el principal punto de tensión del sector. Mientras la mayor competencia presiona los precios hacia abajo en góndola, el ajuste impacta con mayor fuerza en el eslabón primario. Desde Coninagro advierten que los ingresos crecen por debajo de la inflación y que la falta de previsibilidad condiciona decisiones clave, como la inversión o el mantenimiento de los cultivos.
En paralelo, la producción se mantiene estable en niveles altos, con un promedio de más de 890.000 toneladas de hoja verde en los últimos años, lo que garantiza el abastecimiento tanto para el mercado interno como para el externo. Sin embargo, el desafío ya no pasa por la cantidad, sino por cómo se distribuye el valor generado.
A esto se suman cambios en los hábitos de consumo, con una mayor presencia de formatos como el tereré, bebidas listas para tomar y productos vinculados a estilos de vida saludables. “Los consumidores buscan productos más prácticos y vinculados a la vida activa. Hay espacio para innovar”, planteó Correa.