Cada 18 de mayo, millones de argentinos vuelven a prenderse una escarapela en el pecho como parte de una tradición escolar y patriótica profundamente instalada. Sin embargo, detrás de uno de los emblemas más reconocidos del país existen discusiones históricas, versiones cruzadas y mitos que todavía sobreviven en las aulas.
En diálogo con LT10, el profesor de historia Fernando Roggero repasó el verdadero origen de la escarapela y puso en duda varias de las ideas más repetidas sobre este símbolo.
«Está bueno eso de preguntarnos y de construir la historia tradicional del bicentenario, que tiene que ver con construir mitos fundacionales y símbolos relacionados con la identidad nacional», señaló el docente.
Uno de los primeros puntos que aclaró el especialista es que la escarapela no tiene el mismo estatus formal que la bandera argentina: «No se la toma como un símbolo tal cual lo es la bandera, sino que es más bien un emblema». Por eso, según detalló, puede presentarse de distintas maneras: «Puede ser una cucarda, dos cintitas, redonda o en forma de flor. Basta con que estén los dos colores».
La discusión histórica aparece inmediatamente al preguntarse quién creó realmente la escarapela. Mientras la tradición popular suele asociarla con Domingo French y Antonio Beruti durante la Semana de Mayo de 1810, Roggero sostuvo que hay dos momentos históricos diferentes.
«Si fueron French y Beruti, hablamos del proceso revolucionario de 1810; si fue Belgrano, nos trasladamos dos años después, a 1812», explicó.
En ese sentido, el historiador remarcó que las famosas cintas repartidas frente al Cabildo de Buenos Aires no eran celestes y blancas como suele enseñarse en los manuales escolares. «La de French y Beruti difícilmente fue celeste y blanca, porque esos colores los tomó Belgrano recién después para crear la escarapela y la bandera», indicó.
Consultado sobre el color original de aquellas cintas, Roggero reconoció que todavía existen dudas en la historiografía: «Hay una discusión sobre si eran rojas, azules, blancas o celestes».
A su entender, muchas veces se interpreta el pasado desde la mirada actual. «Creemos que en 1810 ya estaba el celeste y blanco porque son los colores que nos identifican ahora. Pero en 1810 ni siquiera existía la Argentina como tal», sostuvo.
Un distintivo para el campo de batalla
Durante la entrevista con la radio de la Universidad Nacional del Litoral, el profesor explicó que el contexto histórico de la época era completamente distinto al contemporáneo. «No se estaba pensando en una independencia, sino en un autogobierno», remarcó.
La escarapela celeste y blanca apareció oficialmente en 1812, cuando Manuel Belgrano solicitó un distintivo para diferenciar a las tropas patriotas en el frente de combate.
«Belgrano necesitaba que los soldados pudieran reconocerse porque no había uniformes iguales», relató Roggero. El Primer Triunvirato aceptó el uso de la escarapela con fines estrictamente militares, aunque rechazó inicialmente la creación de la bandera porque «ya implicaba dar un paso firme hacia la independencia».
La institucionalización en el siglo XX
Otro dato poco conocido es que el Día de la Escarapela no se instauró en el siglo XIX, sino mucho después. «La instauración del Día de la Escarapela en Argentina es del 18 de mayo de 1935», explicó el entrevistado.
La decisión fue tomada por el Consejo Nacional de Educación durante el gobierno de Agustín P. Justo, en el periodo histórico denominado 'Década Infame'.
«Había un resurgimiento muy fuerte del nacionalismo argentino y se reinstalaron con mucha fuerza los símbolos patrios», detalló el historiador santafesino.
Para Roggero, más allá de las disputas sobre su origen cronológico, la escarapela cumple hoy un rol social y cultural mucho más amplio en la sociedad. «Nos identifica, nos une y construye lazos de solidaridad entre habitantes de una misma nación», concluyó.