La derrota dolió. Nadie puede discutirlo. Argentina estuvo a un paso de defender la corona mundial, pero terminó cayendo ante España en una final que marcó el cierre de una campaña inolvidable. Sin embargo, en Santa Fe quedó claro que no todas las celebraciones dependen de un trofeo.
Una vez consumado el partido, las calles de la ciudad comenzaron a poblarse de camisetas celestes y blancas, banderas y familias que decidieron salir igualmente a expresar su orgullo por una Selección que volvió a competir hasta el último día del Mundial. Esta vez no hubo una copa para levantar ni una vuelta olímpica para celebrar. Hubo aplausos. Hubo reconocimiento. Hubo agradecimiento.
Porque más allá del resultado, el equipo dirigido por Lionel Scaloni volvió a instalar a Argentina entre las dos mejores selecciones del planeta y disputó su segunda final mundialista consecutiva, un logro reservado para muy pocos en la historia del fútbol. En distintos puntos de Santa Fe se repitieron las muestras de afecto hacia un plantel que durante años acostumbró a los argentinos a pelear por cada título. El sentimiento que predominó fue el del orgullo por una generación que cambió la historia reciente de la Selección y que sigue dejando una huella imborrable.
Lejos de los festejos desbordados que acompañaron la conquista de Qatar 2022, esta vez el clima fue diferente. Más sereno, más reflexivo y cargado de emoción. La derrota no impidió que muchos eligieran agradecer el esfuerzo de un grupo que volvió a ilusionar a todo un país.
Porque no siempre ganar es lo único que queda. Hay equipos que trascienden los resultados y ciclos que se miden por todo lo que construyen a lo largo del tiempo. El de Scaloni es, sin dudas, uno de ellos.